
La vagancia se ha apoderado de mí. Durante este mes he echado algún vistazo al blog y sin idea alguna en mi mente, me he sentido incapaz de escribir nada. Pensaba y sigo pensando: para escribir una nimiedad no escribo nada.
Han ocurrido muchas cosas este mes (me han ocurrido muchas cosas): he conocido a gente, he estado con gente, he ido a bodas de gente, he escuchado a gente, he admirado a gente, me he enfadado con gente, me he reído con gente, he leído a gente, he cenado con gente, he comido con gente, he paseado con gente, he llorado con gente, he bebido con gente, he bailado con gente, he fumado con gente,... Resumiendo: he vivido.
Y vivir, como no sé quién dijo una vez, a veces, es incompatible con escribir.
Escribir es una operación solitaria que requiere tiempo, ganas y algo que comunicar; este mes no he tenido ni soledad, ni tiempo, ni ganas. Ahora mismo, sigo sin tener ganas ni sé que comunicar.
Bueno, a decir verdad, algo sé: Os comunico que estoy vaga, pero vaga, vaga.
Escribir para mí ha sido siempre una necesidad. No recuerdo cuando empecé, pero sé que durante muchos años ha sido una obsesión. Necesitaba sentarme frente al ordenador e hilvanar palabras de toda clase y especie. Conjugar verbos, coordinar sustantivos, perfilar adjetivos y utilizarlos para describir paisajes, sensaciones, sentimientos,.. ¿y para qué? ¿Para ocupar espacio en el disco duro de mi computadora?
Me compré una encuadernadora para que mis escritos reposasen junto a los escritos de mis admirados en la librería de mi despacho. Sin embargo mis escritos, no están cosidos, ni tienen una preciosa tapa ilustrada con una sugestiva foto, ni tienen isbn,.. Sólo son un manojo de folios unidos por un pobre canutillo coloreado.
Es lo que tiene escribir, es la operación más engañosa que puede realizar un humano mediocre. Debería estar prohibido para aquellos que no tenemos lo que se ha convenido llamar talento.
Para las personas mediocres como yo, faltas de talento y genialidad, la escritura es una trampa que nos hace caer en el autoengaño.
Primero te engañas diciéndote: “escribo porque me gusta”; luego añades eso de: “además de que me gusta, lo hago bien”, posteriormente pasas a la fase de: “escribo porque me gusta, lo hago bien y estoy contando una historia interesante”; a continuación te dices “escribo porque me gusta, lo hago bien y estoy contando una historia interesante que puede ser publicable”; esta tercera fase es irreversible y seguida necesariamente de aquella en la que te dices “escribo porque me gusta, lo hago bien y estoy contando una historia interesante que será publicada por una editorial y leída y admirada por miles de personas”... En resumen, en esta última fase te ves ya como una escritora consagrada, que vive de la escritura (que es lo que más te gusta) y entonces ultimas los detalles de tu obra genial, el bet-seller que te llevará a la fama. La encuadernas con tus canutillos coloreados, la metes en un sobre acolchado, la envías a la mejor editorial de tu país, y ya está. Ya has echado a perder años y años de momentos mágicos en soledad, frente a tu ordenador personal, imaginando paisajes, notando sensaciones, percibiendo sentimientos,.. Y cuando meses después, te devuelven el original de tu obra magistral, impoluta, sin un mísero dobladillo en las esquinas, sin una exigua manchita de café, sin ni siquiera una breve anotación en lápiz que diga: “chica, esto es un bodrio”; te dices aquello de: “soy tonta de remate”.
Señores y señoras, no escriban: vivan.
Una tonta.