No nos pongamos ñoños,... seriedad. Hablemos de felicidad.
No sé quién dijo una vez eso de que existen dos tipos de personas: los felices de nacimiento y los que pasan toda su vida buscando la felicidad. Lo que quiero decir con esta afirmación es que los hay que la vida que les toca vivir, sea cual sea, les es satisfactoria y plena hasta el punto de encontrarse felices; y que existen otros que bajo las mismas circunstancias que los primeros e incluso objetivamente mejores, no consideran plena ni satisfactoria su vida.
Que hay circunstancias en este mundo que hace infelices a los hombres, es obvio; se me ocurren en este momento algunas como: la enfermedad, la pobreza, la injusticia, la muerte, la soledad, el desamor... ; pero siempre me he preguntado, por qué personas con vidas objetivamente felices, no disfrutan ni sienten esa felicidad que supuestamente deberían sentir al vivir una vida con condiciones objetivamente felices.
Tal vez, esa pregunta me la plantee por la simple razón de que yo, persona con condiciones objetivamente felices, me incluyo entre los segundos. Siendo sincera, debo de decir que desde que alcanza mi memoria, soy una permanente buscadora de la felicidad.
Todo empezó cuando salí propulsada del útero materno, ese llanto monocorde que dicen que emití y que mi madre me ha descrito con voz melosa miles de veces, creo que fue mi primera señal de protesta, tal vez una protesta inconsciente aún, premonitoria de la ardua tarea que me deparaba mi recién estrenada vida.
Si he de resumir mi vida por etapas, puedo decir que una infancia objetivamente feliz, no me hizo feliz; una adolescencia objetivamente feliz, no me hizo feliz; una juventud objetivamente feliz, no me hizo feliz; y una adultez objetivamente feliz, no me hizo ni me hace feliz.
Cúanta infelicidad originada por una objetiva felicidad, podría decir cualquiera. Pues sí, digo yo. Así es.





